20080125

funcionalismo.

Hoy me he comprado un libro muy, muy, interesante y útil para mi futura profesión: El Arte Moderno (del iluminismo a los movimientos contemporáneos), de Giulio Carlo Argan.
En esta obra el autor analiza todas las corrientes artísticas y su evolución, cronológicamente, desde la pintura, pasando por la escultura, llegando como no a la arquitectura. Desde luego recomiendo el libro, eso si, es bastante caro, pero algunas cosas buenas son así. También hoy estoy especialmente feliz por que en el Fnac de Coruña me he topado, no solo con este libro, si no también con otros tres, mas pequeños y de mucho menos precio; Bauhaus, Breuer, y Gropius. Eses tres son sus títulos, y el primero habla sobre mi querido movimiento Bauhaus, el segundo sobre uno de sus profesores y arquitectos más importantes, Mercel Breuer, y el tercero, sobre uno todavía más importante, pues incluso fue quien diseñó el estupendo edificio de la Escuela Bauhaus en Dessau. Pero sobre eses libros ya les hablaré, queridos lectores.
Pasemos al fragmento que me cabe hoy destacar sobre la obra de Argan, la cual trata sobre el Funcionalismo, una genial corriente que afectó sobre todo a la arquitectura, y sobre la que se asienta Bauhaus;
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Urbanismo, arquitectura, diseño industrial.


Obviamente, la primera guerra mundial provocó una ralentización de la actividad de la construcción, que tanto había florecido en la primera década del siglo: cuando se produce la recuperación, los constructores se encontraron frente a una situación social, económica y tecnológica que se había modificado profundamente. La guerra había acelerado en todas partes el desarrollo industrial, tanto en sentido cuantitativo como desde el punto de vista del progreso tecnológico. Como reflejo de ello había tenido lugar un posterior y gran crecimiento de las poblaciones urbanas. La clase obrera, que era consciente de que había contribuido más que cualquier otra al esfuerzo bélico y de que también había padecido la guerra en mayor medida que los demás, iba adquiriendo un peso político decisivo: de otro lado, la revolución bolchevique había demostrado que el proletariado podía conquistar y conservar el poder; en el arte, con sus movimientos experimentales y de vanguardia, todo ello puede dar lugar a una transformación radical de su estructura y de su finalidad, así como de la figura social del artista. A su vez la burguesía profesional se está transformando en una clase de técnicos dirigentes. [...] (Debido a esto;) Así, el problema urbanístico, que antes de la IWW se planteaba como una prefiguración casi utópica de una situación que aún no existía, aparece ahora como algo urgente y gravísimo. Existe un aspecto funcional del mismo: la ciudad es un organismo productivo, un complejo en el que debe desarrollarse una fuerza de trabajo determinada y de la que, por tanto, ha de desaparecer todo lo que dificulta o retrasa su funcionamiento. También tiene un aspecto social: la clase obrera es ya el componente más importante de la comunidad urbana, ya no puede ser considerada como un instrumento manipulable e irresponsable. Tiene, además, un aspecto higiénico, en sentido fisiológico y psicológico: la ciudad-fábrica es insalubre por las miasmas que la invaden y por la densidad de su población, y asimismo es un ambiente opresivo y psicológicamente alienante. Hay otro aspecto político: para atribuir a la sociedad un cierto coeficiente de maniobrabilidad y de funcionalidad (es decir, para utilizarla) hay que arrancarla de las manos de quien simplemente la explota para su propio beneficio. Objetivamente, lo que ha impedido y sigue impidiendo la adecuación de la estructura a la función urbana, y es la primera causa del desorden de la ciudad, es la especulación inmobiliaria. Finalmente, tienen un aspecto tecnológico; no sólo la tecnología industrial ha sustituido a la técnica tradicional o artesanal de la construcción, sino que, si el problema de la arquitectura se plantea como ha de hacerse, a escala urbanística y, por tanto, se refiere a la construcción de casas en serie, este problema no puede encontrar solución fuera de la tecnología industrial.

Este conjunto de cosas modifica radicalmente la figura profesional del arquitecto: antes que un constructor ha de ser un urbanista, ha de proyectar el espacio urbano. Se establece así una clara distinción entre una gran mayoría de personas dedicadas a distintos oficios, que se colocan al servicio de la especulación inmobiliaria y la ayudan a empeorar las condiciones de la ciudad, y por otro lado, aquellas pocas personas conscientes de su función, de su responsabilidad, de su dignidad en cuanto profesionales o técnicos, que tratan de oponer proyectos de utilización racional a la incontrolada explotación del suelo.

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